¿Y si humanizamos el azúcar y deshumanizamos el sobrepeso y la obesidad?

El peso corporal, una forma de medir la salud de nuestra especie, es hoy un indicador de bienestar, e incluso quizás en la evolución como sociedad, ha sido la forma de comparar, de compararse en cuanto al nivel de desarrollo y nivel de ingresos. “El gordo se impone inicialmente en la antigua institución. Impresiona, seduce… Encarna la abundancia al representar la riqueza en un universo donde reinaba el hambre y la precariedad. Durante la edad media se instala una duda sobre la virtud de la gordura, incluso un conflicto de imagen; no se trata de que desaparezca de golpe el prestigio de lo gordo. Por el contrario, un universo de moral se demora más en el peligro de los excesos, se trata de una crítica del comportamiento más que de la estética o de la morbidez” (Vigarello, 2011). 

 

La prevalencia de sobrepeso y obesidad entre los niños de 5 a 19 años sigue incrementando en el mundo, el comportamiento alimentario desarrollado en ambientes obesogénicos que no sólo inducen sedentarismo sino una exposición aumentada a la información digital. Sin embargo, no se ha podido evidenciar el efecto, la influencia que puede ejercer el mercadeo de alimentos sobre las elecciones saludables entre niños y adolescentes, sólo por la exposición a imágenes y los patrones de activación en el cerebro.

 

Lo que sí se ha podido establecer, es la influencia positiva de los hábitos alimentarios de los padres sobre los niños; en los adolescentes especialmente, la actividad cerebral para las regiones visuales (corteza occipital lateral izquierda) con la exposición de imágenes, por ser una etapa de autonomía entre otros factores socioculturales, direccionan con más influencia las elecciones de los adolescentes (Sina, Boakye, Christianson, Ahrens, & Hebestreit, 2022). 

 

La comunicación en salud donde las tecnologías digitales han ido en aumento, juega un papel clave en la entrega e intercambio de información entre individuos, comunidades, sistema de salud y salud pública en general; entender los puntos de vista de la gente y sus experiencias, puede llevarnos a un firme conocimiento para proponer mejores contenidos y estrategias que promuevan cambios de comportamiento. En este contexto, la síntesis de evidencia cualitativa sirve para construir la mejor forma de comunicarse, hablando de salud; este método puede convertirse en la herramienta que ha de usar la Organización Mundial de la Salud -OMS en sus lineamientos de uso de las tecnologías digitales para el fortalecimiento de los sistemas de salud (Ryan & Hill, 2019). 

 

Justamente la OMS estima que para el 2050 la cantidad de personas mayores de 60 años podría llegar a 2.1 billones, de los cuales 1.7 billones estarán en países de ingreso bajos y medios, entre quienes también se ha reportado un aumento de la obesidad, el sobrepeso y las enfermedades no transmisibles, en las últimas décadas ( (Popkin, y otros, 2021); por eso las Naciones Unidas han declarado que en la década del 2021 al 2030 los esfuerzos se deben dedicar al envejecimiento saludable basado en mejorar el acceso a intervenciones esencialmente orientadas al estilo de vida. Se sabe que la restricción calórica moderada reduce la incidencia de enfermedades crónicas asociadas a la edad, es segura y efectiva en la promoción de la salud cardiometabólica, promueve el equilibrio de células del sistema inmune, la regulación bioenergética de las mitocondrias y la respuesta antiinflamatoria. Otro factor importante es la óptima hidratación, que se mide a través de los niveles sanguíneos de sodio, el nivel de ejercicio o actividad física que incremente el gasto de energía, la interacción social especialmente para la salud cognitiva, la memoria, el lenguaje, y algunos estudios proponen incluso nunca haber fumado o tomado alcohol (The Lancet, 2023).

 

Pero mientras entre 1990 y 2010 los esfuerzos de los países de ingresos medios y bajos estuvieron enfocados en reducir la desnutrición, descuidando los índices de obesidad, hoy la OMS pide, especialmente en América Latina y Sudáfrica, políticas nacionales orientadas a regular el consumo de azúcar añadida, sodio y grasas no saludables, así como reducir el consumo de alimentos “ultraprocesados”, incluyendo bebidas azucaradas de alta densidad energética y alimentos empaquetados pobres en nutrientes, por la fuerte asociación reportada entre su consumo y el desarrollo de enfermedades no transmisibles y ganancia de peso (Popkin, y otros, 2021). 

 

Pero aún hay un factor por integrar: el cambio climático; así, quedamos enfrentados a un escenario sanitario de alta complejidad que la comunidad científica ha definido como SINDEMIA GLOBAL y que suma 88% de población con algún signo de malnutrición – ya sea por consumo subóptimo de nutrientes o sobreconsumo de alimentos “no saludables”- que comparte factores comunes subyacentes, no sólo generan un impacto en la producción de gases de efecto invernadero, sino que inducen estilos de vida sedentarios (Martorell, Ulloa, Gonzalez, Martinez- Sanguinetti, & Celis-Morales, 2020). 

 

Las guías alimentarias de Israel y Brasil ya consideran acciones bajo este enfoque triple de la sindemia global: sobrepeso/obesidad, baja talla/desnutrición y sostenibilidad ambiental; se requiere que la industria alimentaria desarrolle productos menos procesados que surtan algún beneficio en el manejo del peso corporal y enfermedades crónicas no transmisibles, mientras promueven la máxima expresión del potencial genético de estatura (índice talla/edad) en los países de renta media y baja. 

 

La salud pública hoy, realmente es un escenario sanitario de alta complejidad, y es ahí donde nuestro trabajo desde el sector privado, productor de energías renovables – solar convertida en calorías, wats y octanos-, podría humanizar el azúcar y deshumanizar el sobrepeso y la obesidad. No sólo se trata de las decisiones alimentarias, se trata de una relación producción/consumo sustentable. 

 

Para este documento compuesto de 4 artículos redactados bajo la metodología de revisión sistemática y crítica de la literatura científica, se tienen en cuenta los temas y lineamientos que se han concretado en los dos últimos años, claves para orientar persuasiva y éticamente al consumidor en lo que respecta al consumo de azúcar: Emociones, Dulzor, Glicemia – Insulina y Deporte.

 

  1. Emociones. En los últimos años, se ha hecho énfasis especial en la dieta como uno de los factores modificables para mejorar la salud mental; es frecuente que en desórdenes mentales severos como la esquizofrenia o la bipolaridad, e incluso el síndrome asperger y los trastornos generalizados del desarrollo, las personas se inclinen por un consumo pobre de vegetales y alta ingestión de grasas saturadas. Una dieta saludable puede mejorar el pronóstico de diferentes condiciones psiquiátricas; el impacto de los rasgos de la personalidad tales como neurosis, impulsividad y sensibilidad los configura como factores de riesgo para la obesidad, mientras que el autocontrol se sabe es un factor protector en el control del peso corporal. La identificación de características específicas de la personalidad, puede ser efectivo en programas preventivos de educación y promoción de estilos de vida saludable; por ejemplo, se ha observado que la preferencia por los alimentos dulces está asociada a neurosis, extroversión y baja empatía. Otros estudios reportan que el consumo de azúcar y dulce se da en individuos con alexitima e histeria y bajo sentido de coherencia (Esposito, Ceresa, & Buoli, 2021). 

 

  1. Dulzor. La fisiología es el método analítico a partir de la que se integran los estímulos sensoriales que captamos por los sentidos con un efecto específico, con una respuesta metabólica (Wilk, Korytek, Pelczynska, Moszak, & Bogdanski, 2022). Visto así, cualquier endulzante, con diferente aporte calórico, incluso Vital, estimula la misma respuesta, que sólo se diferencia en el intestino donde discrimina el tipo de molécula asociada al sabor que se captó en la lengua (azúcar, eritritol, sucralosa o stevia). El edulcorante va del gusto (lengua) sin pasar por olfato (no hay compuestos volátiles que los diferencien) directo al cerebro; allí no sólo desencadena una respuesta emocional, sino que activa cascadas de señalización que van inicialmente al páncreas (producción de insulina). Una vez pasa por el estómago y llega al intestino, dependiendo del tipo de molécula edulcorante, se activan hormonas contrareguladoras de la insulina conocidas como la familia de las Incretinas, que es donde se genera un cambio en la respuesta metabólica entre los azúcares (desde 1 unidad monomérica, hasta 9) y los no azúcares (polioles, esteviosidos y sintéticos). 

 

  1. Glicemia / Insulina. El metabolismo de la glucosa y la sensibilidad a la insulina hoy en día se consideran líneas de investigación-intervención que representan factores de riesgo en envejecimiento acelerado y enfermedades no transmisibles asociadas a un estilo de vida insano. Considero este bloque temático, clave para orientar a la industria, quienes utilizan el azúcar como ingrediente en la sustitución o reformulación de sus productos (Dai & Chau, 2017); más que para el consumidor, en aras de no reforzar la falsa tendencia de tomar glucomentrías en personas sanas, asesorar a la industria en los recursos técnicos de diferentes ingredientes que aporten cuerpo y dulzor activando hormonas contrareguladoras de insulina (Buranapin, Kosachunhanan, Waisayanand, Yokoi, & Tokuda, 2024), es una forma de “deshumanizar la obesidad” mientras humanizamos la función del azúcar añadido.

 

  1. Deporte. El músculo esquelético es “el órgano” más grande del cuerpo humano, si partimos de que representa el 40% de la masa corporal. Provee estructura física, movilidad, protección para los órganos vitales del cuerpo y ayuda a regular la temperatura corporal y el metabolismo basal (Jun, Robinson, Geetha, Brioderick, & Ramesh Babu, 2023). Además representa las reservas protéicas. Cuando la velocidad de degradación de proteína excede la de renovación, por la razón que sea (dietas occidentales altas en sodio y azúcar, obesidad, diabetes, Alzheimer, envejecimiento, desnutrición), ocurre la atrofia muscular, técnicamente conocida como sarcopenia. El músculo empieza a decaer a los 50 años de edad y se acelera dramáticamente después de los 60, llegando a una disminución del 50% a los 80 años; este proceso fisiológico se puede modular de acuerdo al nivel de actividad física y es diferente entre hombres y mujeres. En general, es el principal aliado en la búsqueda del equilibrio metabólico de los nutrientes y especialmente la glucosa y la sensibilidad a la insulina (Jun, Robinson, Geetha, Brioderick, & Ramesh Babu, 2023).